Arquidiócesis de
Santiago de Guatemala

Guías Litúrgicas para la celebración de la Eucaristía
o la Liturgia de la Palabra Dominical
con motivo del Adviento y la Navidad
Guatemala de la Asunción, Noviembre 2001

Segundo domingo de Adviento - 9 de diciembre

Moniciones
Guía homilética

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Monición introductoria


El tiempo de adviento es ocasión para intensificar una de las dimensiones de nuestra fe: vivimos esperando un futuro que es a la vez don de Dios y obra nuestra. Porque sabemos que el Reino de Dios será el futuro de la humanidad, trabajamos para hacerle espacio en nuestra comunidad y por eso nos esforzamos para que nuestra vida personal y social comience a reflejar las realidades del Reino. Este esfuerzo exige transformar nuestra manera de pensar y de actuar. Esa transformación se llama conversión. Hoy escucharemos una llamada urgente a la conversión en vista de la esperanza que nos aguarda. Esta conversión de nuestra vida es la mejor preparación para la Navidad.

Acto Penitencial

Antes de comenzar la celebración de la Eucaristía, reconozcamos nuestros pecados, sobre todo aquellos con los que impedimos que Dios venga a nuestra vida.
-Tú que viniste a visitar a tu pueblo con la paz: Señor, ten piedad
-Tu que viniste a salvar lo que estaba perdido: Cristo, ten piedad
-Tu que viniste a crear un mundo nuevo: Señor, ten piedad
Monición a las lecturas

Las tres lecturas de este domingo son una invitación a la conversión. En el Evangelio escucharemos la voz de Juan el Bautista que nos anuncia que el Reino de Dios se acerca; en verdad, el Reino de Dios comenzó a ser una realidad entre nosotros desde la resurrección de Jesús, pero siempre debemos convertirnos para entrar en la dinámica de su realización. San Pablo nos recuerda que la Escritura da testimonio del cumplimiento de las promesas de Dios y sostiene la esperanza de que este cumplimiento será la realización plena del Reino. Por fin la tercera lectura nos presenta la imagen del Mesías que esperamos para el cumplimiento de las promesas del Reino: cuando venga el Señor glorioso, será el rey que traerá justicia al desamparado, quebrantará al orgulloso y al impío y colmará nuestros deseos de paz.

Monición final

Hemos celebrado en esta Eucaristía el sacramento que nos reconcilia con Dios y con los hermanos y hermanas. Que la conversión y la reconciliación sean ahora nuestro compromiso para transformar nuestras vidas personales y nuestra comunidad.

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Guía homilética

Objetivo de la homilía. El mensaje que se debe transmitir hoy es que el Reino de Dios es posible y se puede hacer presente entre nosotros; por eso, la vida, la paz, la justicia son esperanzas legítimas. Pero hemos de trabajar para realizarlas y ese trabajo no es posible si no empieza por la conversión, por el cambio de todos aquellos patrones de conducta personales y sociales que nos impiden acoger la novedad de Dios.

Las lecturas de este domingo como punto de partida. Así como el pasado mostraba con seguridad la venida del Mesías, este domingo quiere subrayar quién es el Mesías que esperamos y cómo será su reinado.

-Por eso, se aprovecha del texto del profeta Isaías 11,1-10 donde se presenta al Mesías con la imagen del tronco que florece (vv. 1-5). Se trata de un renuevo de vida en la planta ya marchita de la historia humana. Es, por tanto, don de Dios que El mismo se encarga de animar con la fuerza del Espíritu, quien lo adorna con sus dones: ciencia y discernimiento, consejo y fortaleza, piedad y temor de Dios. Su reinado, en dependencia al Espíritu, estará marcado por la justicia. El salmo responsorial también describe la situación del Reino mesiánico en términos similares: rige al pueblo con justicia, a los humildes con rectitud; en sus días florece la justicia y la paz; se apiada del pobre y del indigente. Jesús se ha identificado con la descripción del Mesías que aparece en este texto de Isaías (cf. Lc 4,16-20); por lo tanto, podemos decir que es legítima la esperanza cristiana de justicia y paz. De hecho, su obra afectará al mundo de una manera tan positiva que inaugurará una nueva época de paz y reconciliación entre todas las criaturas (Is 10, 6-10), cuya resonancia en la vida de hombres y mujeres será la fraternidad universal.

-El Evangelio (Mt 3,1-12), en cambio, quiere destacar que es sólo desde la conversión que se puede participar de este Reino de Dios que se hizo presente ya en Jesús y que llegará a su plenitud cuando él vuelva. Ya el mismo aspecto externo de Juan Bautista nos muestra la seriedad de la llegada del Mesías y su disposición en vivir él mismo este mensaje de conversión a través de una vida reciamente austera. "Preparen el camino del Señor, hagan rectos sus senderos," significa asumir verdaderamente y con coherencia la invitación al cambio propio de la conversión. Y es que, de la misma manera que su llegada supone una oportunidad de vida, también implica que vendrá como juez en su segunda venida para recoger los frutos de nuestra conversión al modo como se cosecha y escoge el grano y se desecha lo que no sirve. El futuro de Dios es garantía de que nuestro esfuerzo no es vano ni es trabajo sin una meta y una plenitud.

-San Pablo en la segunda lectura de este domingo (Rm 15,4-9) nos enseña que esta esperanza está sostenida por la misma Escritura, la cual nos consuela para esperar que se cumplan las promesas de Dios. Dicha esperanza ha de ayudarnos para identificarnos con Cristo servidor y a quien debemos imitar para realizar nuestra propia tarea de fidelidad y conversión permanente.

Confrontamos en mensaje de las lecturas con la vida. Acoger el mensaje de una conversión con coherencia significa ver nuestra vida tal como es y volverla a Dios para preparar sus caminos. Convertirse tiene muchas implicaciones que se complementan unas a otras: cambio interior y exterior, cambio de mentalidad y de conducta, cambio de actitudes y de actos, reorientación total y radical de nuestra vida hacia Dios y hacia nuestros hermanos. La conversión que necesitamos pasa por la reconciliación. Esta es posible si, en primer lugar, corregimos las causas y los errores que originan permanentemente situaciones de conflicto y de división en la vida comunitaria. Cada quien debe reconocer su responsabilidad y su culpa con arrepentimiento y si es posible con algún tipo de reparación; por otra parte, cada uno tiene que conceder el perdón rechazando el rencor, el odio y la venganza. Así es el perdón que Dios concede: perdónanos como nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Esta reconciliación, si se realiza desde la fe, se celebra en los sacramentos de la Iglesia. Asimismo, la expresión de esta reconciliación es la capacidad de abrirnos para realizar la fraternidad universal de la que hablaba la primera lectura, una sociedad armonizada en el amor, donde el diálogo y el trabajo conjunto ayuden a construir la paz con la aportación de todos.

Sugerencias para el compromiso. En este punto, se trata de sugerir comportamientos concretos que podamos llevar a cabo durante este tiempo de adviento y que nos permitan, no sólo remover nuestra contribución a la injusticia, a la violencia, a la discriminación, sino también ofrecer algo para la reconciliación y diálogo a nivel familiar, comunitario y local. Debemos ser capaces de reorientar nuestra vida, muchas veces inclinada excesivamente a los "afanes del mundo". Debemos ser capaces de pedir perdón y ofrecer perdón. Así, más allá del consumismo, del mero sentimiento y de una alegría superficial, seremos capaces de recibir la paz de Cristo en Navidad.

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