Arquidiócesis de
Santiago de Guatemala

Guías Litúrgicas para la celebración de la Eucaristía
o la Liturgia de la Palabra Dominical
con motivo del Adviento y la Navidad
Guatemala de la Asunción, Noviembre 2001

Tercer domingo de Adviento - 16 de diciembre

Moniciones
Guía homilética

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Monición introductoria


El tercer domingo de Adviento cae este año apenas un poco más de una semana antes de la fiesta de la Navidad. El ambiente en nuestros hogares, en la radio y la televisión, en las calles de la ciudad es decididamente festivo. Sin embargo, la liturgia mantiene todavía la sobriedad reflexiva de la espera. Hoy nos hacemos las siguientes preguntas: ¿cuáles son los signos de que el Señor viene? y ¿cómo podemos recibirlo verdaderamente? Escuchemos la Palabra de Dios para saber acoger a Jesús que viene y participemos de esta celebración con el gozo expectante de quien espera al Señor.

Acto Penitencial

Al comenzar esta celebración eucarística, pidamos a Dios que nos conceda la conversión de nuestros corazones; así obtendremos la reconciliación y se acrecentará nuestra comunión con Dios y con nuestros hermanos.
Luz del mundo, que vienes a iluminar a los que viven en las tinieblas del pecado:
Señor, ten piedad.
Buen pastor, que vienes a guiar a tu rebaño por las sendas de la verdad y de la justicia:
Cristo, ten piedad.
Hijo de Dios, que volverás un día para dar cumplimiento a las promesas del Padre:
Señor, ten piedad.
Monición a las lecturas

En el Evangelio oiremos cómo le preguntan a Jesús, ¿eres tú el que debe venir o tenemos que esperar a otro? Y Jesús responde mostrando lo que hace a favor de los enfermos, los pobres y los marginados. La salvación de la persona humana es el signo de la presencia de Dios. Con las mismas imágenes, la primera lectura y el salmo responsorial nos dicen que cuando Dios llega se fortalecen los débiles, sanan los enfermos, los ciegos ven, hablan los mudos y oyen los sordos, los huérfanos y las viudas encuentran amparo y reina la alegría. Por fin, el apóstol Santiago, en la segunda lectura, nos dice que nuestro trabajo a favor del pobre es como el del labrador que trabaja la tierra con paciencia y tesón para cultivar sus frutos que aún no ve. Escuchemos estas lecturas de la Palabra de Dios.

Monición final

Hemos celebrado en esta Eucaristía nuestra Esperanza: la vida para siempre en Cristo. Que nuestro trabajo a favor de los humildes y necesitados sea signo de la presencia del Reino que esperamos entre nosotros.

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Guía homilética

Objetivo de la homilía. El mensaje que hay que transmitir este domingo es que el Mesías que viene obra en la promoción de la vida, especialmente en aquellos ambientes donde esta vida está empobrecida o disminuida por el pecado y sus consecuencias. Se trata de la salvación, que es liberación integral. Por eso, acoger al Mesías no es posible sin hacer de la propia vida un camino de liberación y promoción humanas para el Señor.

Las lecturas como punto de partida. La pregunta del Bautista: ¿Eres tú aquel que debe venir o debemos esperar a otro? (Mt 11,3) es actual para nosotros, hoy. "Aquel que debe venir", puede generar en nosotros muchas expectativas y muy diversas. Sin embargo, Cristo puede ser encontrado y definido sólo en una dimensión: en la liberación de los pobres, en la evangelización de los sencillos. Es la transformación de la humanidad enferma, marginada y sufriente la que nos permite reconocer que el Mesías ha venido y está entre nosotros.

Jesús, respondiendo a los enviados de Juan Bautista, invoca explícitamente un texto que pertenece al profeta Isaías, Is 35, texto de donde se toma la primera lectura de este domingo (Is 35,1-6a.10). Este texto, obra de un profeta anónimo del exilio en Babilonia (siglo VI a.C.), canta el regreso gozoso del pueblo deportado a la Palestina. La marcha de liberación es como una procesión festiva, es como un himno marcial que acompaña el retorno de los rescatados. Todavía no han llegado a Sión, el monte Santo, pero la esperanza es tan segura y la presencia del Señor tan patente, que el desierto se transforma ya en tierra prometida y en paraíso reencontrado. Una corriente de gozo atraviesa, riega y vivifica todo; en ella, el anuncio de libertad se convierte en una corriente de vida y de alegría, casi contagiosa, en el contexto del desierto de la existencia humana. Los vocablos de la felicidad se agolpan en los labios del profeta: alegría, gozo, júbilo, alborozo (Is 35,1).

De la misma manera, los ciegos, los sordos, los cojos, los leprosos, los pobres que encontraron a Jesús, son atravesados por la transformación radical de la esperanza. Jesús describe sencillamente lo que está ocurriendo en la vida de los más pequeños: es la nueva vida, que Cristo ofrece a su pueblo, a ese pueblo de gente pequeña que, desde el "exilio" de sus vidas, peregrinan hacia Sión con alegría (v.10). Esta es la perspectiva bajo la cual Cristo se hace reconocer. Su reino es un nuevo modo de vivir y de leer la realidad, en el cual los "primeros" son precisamente los "últimos". Son, como Jesús, los "más pequeños" (Mt 11,11); el "más pequeño en el reino de los cielos" es, precisamente, Jesús mismo, "siervo" que se empeña en padecer por y con los hombres y mujeres para hacerlos comprender que, en fe, él es el Mesías porque cumple la salvación abundante prometida, en la promoción de la vida humana.

Después, ante la multitud que ha sido testigo de la embajada del Bautista, Jesús hace un alto elogio de su precursor: no es una caña en el desierto sacudida por el viento, como Herodes Antipas que tiene preso a Juan y que hacía imprimir en sus monedas la imagen de una caña como símbolo de poder; no es tampoco un farsante ricamente vestido como tantos dignatarios de Herodes que lo adulaban. Es simplemente uno como Jesús, un profeta; aún más, más que un profeta, el más grande, dice Jesús, entre los nacidos de mujer. Aunque inmediatamente añade que el más pequeño en el Reino, cualquiera de nosotros si queremos, es más grande que Juan.

Finalmente, en la segunda lectura se nos recuerda que el Reino no se realiza aquí y ahora; la plenitud es siempre una realidad futura que viene de Dios, por lo cual debemos tener paciencia y perseverancia para esperar la segunda venida o vuelta del Señor. Como la del labrador que espera de la tierra el fruto de sus fatigas. Nos dice que el Señor está cerca, tanto que nos aprestamos a celebrar su nacimiento, está tan cerca que no hay que perder tiempo y debemos estar dispuestos a responder al único juez de nuestras vidas, que no nos pedirá cuentas sino amor.

Confrontamos el mensaje de las lecturas con la vida. Este domingo dominan varios temas. El primero es el de la alegría, que nace de la confianza en la vida y en la historia porque son los espacios de la salvación de Dios. Es, pues, un buen día para preguntarnos si no habrá en nuestra vida personal y comunitaria más pesimismos y falta de confianza que alegría y fe. Sería bueno preguntarnos hasta dónde trabajamos como el labrador, con paciencia y constancia, sabiendo que nuestro trabajo será recogido en la plenitud de Dios cuando el Hijo venga en su gloria. Si creemos eso, no vamos a desalentarnos por no alcanzar ahora la plenitud anhelada.

Asimismo, este domingo se nos llama a entender el estilo de Dios. Su acción es potente y eficaz pero aparece en la humildad y va dirigida a los sencillos. Muchos retos vienen a nuestra mente cuando pensamos que Jesús mostró su mesianismo indicando lo que hacía a favor de las personas. Porque a nosotros también podría preguntársenos si somos la verdadera Iglesia, si somos la comunidad en donde se realiza la salvación de los hombres y mujeres hoy.

Finalmente, podemos reflexionar sobre la misión de Jesús. A nosotros se nos ha confiado el Evangelio de Jesús. Después de 2000 años de su presencia en el mundo, los males se han multiplicado, sobre todo para los millones de seres humanos que, a pesar del progreso y de la técnica, siguen sumidos en el dolor y la miseria. ¿Será también así en este tercer milenio que apenas comenzamos? De nosotros depende, como en su momento dependió de Isaías, de Juan Bautista, de Jesús, que en el mundo se manifieste de verdad el amor misericordioso de Dios.

Sugerencias para el compromiso. Si Jesús indicó en sus obras a favor de hombres y mujeres la prueba de su mesianismo, ¿con qué obras podemos dar prueba de nuestro cristianismo y de nuestra esperanza del Reino? En este campo hay obras que competen a todos, y debemos tomar conciencia de lo que podemos hacer a nivel personal y comunitario. Se trata de percibir el comienzo del Reino, por ejemplo, cuando la vida es protegida y dignificada en hombres y mujeres; aprender el gozo que proporciona en este tiempo, no los bienes materiales, sino el ver que en nuestros ambientes crece la paz, la justicia, el amor.

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