Arquidiócesis de
Santiago de Guatemala

Guías Litúrgicas para la celebración de la Eucaristía
o la Liturgia de la Palabra Dominical
con motivo del Adviento y la Navidad
Guatemala de la Asunción, Noviembre 2001

Santa María, Madre de Dios - martes 1 de enero

Moniciones
Guía homilética

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Monición introductoria


En este día primero del año, conmemoramos de nuevo el nacimiento de Cristo. Él inauguró con su primera venida el verdadero Año Nuevo, que perdurará hasta su segunda venida. Celebramos también a Santa María, Madre de Dios, y tendremos además, un motivo importante de reflexión y plegaria por la Jornada mundial de la paz.

Acto Penitencial

Iniciemos nuestra celebración pidiendo perdón por nuestros pecados a Aquel que es "Nuestra paz", fruto bendito del vientre de María.
- Rey de la paz y Santo de Dios: Señor, ten piedad.
- Luz que brillas en las tinieblas: Cristo, ten piedad.
- Imagen del hombre y mujer nuevos: Señor, ten piedad.
Gloria

Nuestra alabanza a Dios, el Padre Eterno, por Jesucristo, el Señor de los tiempos, del año nuevo que hoy comenzamos.

Monición a la Primera lectura

La primera lectura nos presenta la bendición sacerdotal; bendición que se dirige a toda la persona y a todas las personas, porque procede de Dios, fuente de toda bendición.

Monición a la Segunda lectura

La carta a los Gálatas nos presenta el don que el Padre, en la plenitud de los tiempos, nos ha dado en su Hijo, nacido de una mujer; y el don del Espíritu que nos otorga la herencia del Reino.

Monición al Evangelio

En el evangelio de hoy destaca la figura de la Virgen María porque el plan de Dios pasa por los caminos humanos: Ella dio a luz al Hijo de Dios en la plenitud de los tiempos.

Monición de Salida

Como María y José, conservemos estas cosas, meditándolas en nuestro corazón y llevándolas a la práctica en la vida diaria.

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Guía homilética

Objetivo de la homilía. Este día la Iglesia celebra la solemnidad litúrgica de Santa María, Madre de Dios; pero también es la octava de Navidad y la fiesta de la circuncisión de Jesús, cuando le impusieron su nombre. La liturgia no puede dejar de tener en cuenta que hoy también es el primer día del año civil y la jornada mundial de la paz. Todos estos temas han de ser tenidos en cuenta en la homilía, en Jesús niño nacido de una mujer, se encuentre la fuente de la paz y la salvación para nuestro tiempo y nuestra historia.

Las lecturas como punto de partida. Las lecturas de esta solemnidad muestran la fecundidad de la obra de Dios que, al enviar a su Hijo, nos abre el camino hacia la vida más plena.

- En la primera lectura, tomada del libro de los Números (Num 6,22-27), se invoca el nombre del Señor sobre el año nuevo y le pide la paz. La bendición que se invoca es la siguiente: que Dios sea quien proteja y quien conceda su favor y, en particular, el don de la paz. Esta bendición se hará posible gracias a que será el mismo Señor quien resplandecerá sobre el pueblo; será Él mismo quien los mire con benevolencia. Se trata de pedir aquella plenitud de la bendición que Dios promete y la cual se nos concede porque Él mismo se dona, se hace bendición, luz, fuerza.

- En la carta a los Gálatas, San Pablo evoca el sentido del encuentro de la eternidad de Dios y el tiempo humano en María. San Pablo la recuerda cuando dice que Dios envió a su Hijo, "nacido de una mujer", como si quisiera subrayar el papel que desempeñó María en el desarrollo del misterio de la salvación. ¿Cuál es este papel? Sencillamente el de haber abierto las puertas del tiempo para el encuentro con Dios. Se trata de un tiempo de gracia, el que San Pablo llama "la plenitud de los tiempos": es ese tiempo nuevo que ha sido posible gracias al sabio corazón de una mujer en quien se conjugan las esperanzas de su pueblo con las expectativas de toda la humanidad. Es el tiempo nuevo de ser hijos en el Hijo y, por la acción del Espíritu de Jesús, también herederos del Reino prometido a todos los que vivan con la fidelidad del Hijo.

- En el Evangelio de esta solemnidad, tomado del evangelista San Lucas (Lc 2,16-21), vemos que Jesús fue circuncidado ocho días después de su nacimiento, de acuerdo con la ley de Moisés, y recibió el nombre de Jesús. El pasaje, en el que está clara la invitación a acoger al recién nacido de acuerdo al sentido del nombre que le pondrán por voluntad del mismo Padre y que significa "Dios salva", se coloca en el contexto de la visita de los pastores al establo de Belén y, al mismo tiempo, de la actitud de María, su madre, recogida completamente en oración. Ambas actitudes, la de los pastores que alaban y glorifican a Dios por cuanto han visto, y la de María, su madre, que guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón, expresan la necesidad de hacerse tanto más humildes cuanto más incomprensible es el misterio que se celebra. Se trata de acoger la Buena Noticia con la sencillez de quien sabe descubrir por la fe la acción de Dios y se maravilla por ella.

Este pasaje del evangelio nos presenta a María íntimamente asociada a su hijo Jesús en la humildad de su presencia de madre. Se trata de aquella actitud por la cual sabemos que María engendró primero a Jesús en su corazón por la fe, y solo así pudo concebirlo también en su seno purísimo por el poder del Espíritu Santo. Ya desde el siglo II los cristianos afirmaron claramente que una mujer humilde había sido elegida por Dios para convertirla en madre de su enviado. Más tarde sacaron las consecuencias de esa afirmación: si Jesús de Nazaret, el hijo de María, había sido manifestado por Dios como su Hijo, resucitándolo de entre los muertos, la madre podía ser llamada sin reserva "Madre de Dios" (Teothokos, en griego) y así lo definieron en el famoso Concilio de Efeso (323 dC). Desde entonces, llamamos a María con ese título tan sublime, tan desproporcionado para un simple ser humano. En él se muestra que Dios, que se dignó hacernos a todos hijos suyos, por Jesucristo, se dignó también hacer a María madre de Jesús, el Hijo eterno de Dios hecho carne.

Confrontamos el mensaje de las lecturas con la vida. Estamos al comienzo de un nuevo año y de una era en este nuevo milenio. Pero los problemas y conflictos de nuestra historia humana siguen estando vigentes. Como seres humanos, estamos frente a la alternativa de construir un nuevo orden mundial o de destruir la vida de nuestro planeta. Si seguimos a Jesús, no podemos ser indiferentes a esta alternativa. No lo seguimos si estamos, por acción u omisión, del lado que niega el futuro y conduce a la muerte porque edifica una historia de pecado. Al contrario, si estamos comprometidos con todas las personas que, sin importar razas, culturas o credos, luchan por la defensa de la vida humana, la protección de la naturaleza, el uso adecuado de los recursos, la equitativa distribución de las riquezas y la búsqueda inclaudicable de la justicia, estaremos del lado de la historia de salvación y de gracia. De nosotros depende que la nueva era de Cristo sea una realidad. Ha de empezar en la sencillez y en la simplicidad de los pastores y de María; ha de empezar en la vida cotidiana, que es el lugar donde ocurren los grandes cambios de la historia. Como ocurrió hace dos mil años en Palestina con el nacimiento de Jesús. Sólo los pastores tuvieron ojos para descubrir en un suceso ordinario como el nacimiento de un niño, el anuncio de la esperanza y la realización de las promesas. Sólo una joven humilde pudo asociarse tan íntimamente a este misterio como para verlo florecer.

Sugerencias para el compromiso. Año nuevo... ¡vida nueva! Esto será realidad si cada uno de nosotros, acogiendo maravillado la acción de Dios en lo cotidiano, es capaz de esperar. Se trata de alumbrar la vida propia y la de los demás con la esperanza que nace de la experiencia cotidiana, de la paciencia y del amor de cada día. Se trata de abrirse a la novedad alegre de un renovado inicio, porque en él se contiene ya el germen de una alegría inmensa por la irrupción de Dios en nuestra vida. Por eso, nuestro compromiso ha de ser mantenernos en la esperanza e iluminar con ella, no sólo este primer día del año, sino que cada uno de los días que Dios anime con su bendición.

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